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14 de agosto de 2026

No sé, no sé por qué no puedo entrar

Imagen de portada del artículo No sé, no sé por qué no puedo entrar

Me enamoro muy rápido de los lugares.

¡Mi Habana!

...ese sitio al que siempre ansías regresar; ese que no tiene rascacielos como otras ciudades del mundo. Lugar viejo, de derrumbes y penas, pero tiene un no sé qué... quizá sea energía o sandunga, como decimos en Cuba.

Es una combinación entre el pretérito constante, el presente desgastado y el futuro estancado.

La Habana de chulos y prostitutas, como alguna canción de Los Aldeanos o como Habana Babilonia, Flores para una leyenda, La canción de Rachel o La película de Ana. La Habana del son y la guaracha; la de los santos y la timba; la de los pleitos en Cuatro Caminos, en San Miguel... la de la Bodeguita del Miedo, la llamo yo, o el Gran Hotel Nacional: "eso ahí es otra onda..."; "¿Por qué, si está la bandera... yo no puedo entrar?"

La Habana de bares y cantinas, en los que vas y vienes de no sé cuántos mundos; de pregones y apagones. La Habana de "coger botella"; de los palitos de tender y no de las mordazas; la del plátano y no el fongo; la de la lagartija y no el caguayo; la capital de "todos"

los cubanos: del centro hasta La Habana, donde los pinareños son bobos y los orientales, palestinos.

La de arquitectura capitalista y destrucción revolucionaria; la que no necesita carnaval para ser bailada; esa de los bicitaxis con recorridos de menos de un kilómetro, pero con precio de servicio importado; la de los Moskovitch rusos y los Cadillac, Chevrolet o Pontiac de los años cincuenta; la de los almendrones y punto. Esos autos mágicos, no por lo antiguos: su magia se hace grande cuando soportan los agujeros, socavones e imperfecciones de las calles que recorren.

¡Espérate ahíiiii! ¡Atrás hay espacio! La de la blusa azul, mima, córrete un poquito; la guagua no es tuya... Sí, la de la experiencia del P11, desde Micro X hasta G, o la 400 pa' Guanabo, donde nunca sabes qué vas a perder: la cartera, el tiempo, la respiración o la inercia.

La de las playas rebeldes y los yumas protegidos.

Mi Habana, la del Paseo del Prado con vista al Morro y al Faro; la del Capitolio incompleto; la de la mitificación de la imagen del Ché; la de los vendedores de limones perseguidos y los polis jodidos; la de la Cámara Oscura y el Planetario; la del Hotel Habana Libre... y no, no me faltó la "i".

La Habana que necesita ser vivida para ser degustada. No quiere un amor pasajero. Ella exige convivencia: súfrela, camínala, bailala... y luego pasa que te pierdes y caes rendida a sus pies, ya sin "pasaje de retorno".

Mi Habana en blanco y negro... y después, también de mil colores.

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