Me enamoro muy rápido de los lugares.
¡Mi Habana!
...ese sitio al que siempre ansías regresar; ese que no tiene rascacielos como otras ciudades del mundo. Lugar viejo, de derrumbes y penas, pero tiene un no sé qué... quizá sea energía o sandunga, como decimos en Cuba.
Es una combinación entre el pretérito constante, el presente desgastado y el futuro estancado.
La Habana de chulos y prostitutas, como alguna canción de Los Aldeanos o como Habana Babilonia, Flores para una leyenda, La canción de Rachel o La película de Ana. La Habana del son y la guaracha; la de los santos y la timba; la de los pleitos en Cuatro Caminos, en San Miguel... la de la Bodeguita del Miedo, la llamo yo, o el Gran Hotel Nacional: "eso ahí es otra onda..."; "¿Por qué, si está la bandera... yo no puedo entrar?"
La Habana de bares y cantinas, en los que vas y vienes de no sé cuántos mundos; de pregones y apagones. La Habana de "coger botella"; de los palitos de tender y no de las mordazas; la del plátano y no el fongo; la de la lagartija y no el caguayo; la capital de "todos"
los cubanos: del centro hasta La Habana, donde los pinareños son bobos y los orientales, palestinos.
La de arquitectura capitalista y destrucción revolucionaria; la que no necesita carnaval para ser bailada; esa de los bicitaxis con recorridos de menos de un kilómetro, pero con precio de servicio importado; la de los Moskovitch rusos y los Cadillac, Chevrolet o Pontiac de los años cincuenta; la de los almendrones y punto. Esos autos mágicos, no por lo antiguos: su magia se hace grande cuando soportan los agujeros, socavones e imperfecciones de las calles que recorren.
¡Espérate ahíiiii! ¡Atrás hay espacio! La de la blusa azul, mima, córrete un poquito; la guagua no es tuya... Sí, la de la experiencia del P11, desde Micro X hasta G, o la 400 pa' Guanabo, donde nunca sabes qué vas a perder: la cartera, el tiempo, la respiración o la inercia.
La de las playas rebeldes y los yumas protegidos.
Mi Habana, la del Paseo del Prado con vista al Morro y al Faro; la del Capitolio incompleto; la de la mitificación de la imagen del Ché; la de los vendedores de limones perseguidos y los polis jodidos; la de la Cámara Oscura y el Planetario; la del Hotel Habana Libre... y no, no me faltó la "i".
La Habana que necesita ser vivida para ser degustada. No quiere un amor pasajero. Ella exige convivencia: súfrela, camínala, bailala... y luego pasa que te pierdes y caes rendida a sus pies, ya sin "pasaje de retorno".
Mi Habana en blanco y negro... y después, también de mil colores.
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