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20 de agosto de 2026

Las marcas de mi alma

Imagen de portada del artículo Las marcas de mi alma

Después de 16 años, mi tía volvió a Cuba.

No había vuelto antes porque el gobierno no le permitía entrar. La habían considerado una desertora de la patria.

Yo tenía apenas 13 años.

Y ese día vi uno de los videos más impactantes de mi vida.

Hasta entonces, todo lo que sabía sobre personas atravesando el mar para irse de Cuba lo había visto en películas, en telenovelas, en historias que parecían demasiado lejanas para ser reales.

Pero esta vez no era una película.

Era mi tía.

Una persona que amo. Una persona que estaba frente a mí.

Y entonces conocí la historia de aquella balsa.

Apenas cuatro metros de madera, hecha de tablas y rodeada de poliestireno —lo que en México llamamos unicel—.

Veinte personas encima.

Veinte personas intentando atravesar el mar.

En el centro, un palo.

Y alrededor de ese palo, los tobillos amarrados.

No para navegar.

Para no caer.

Porque debajo estaban los tiburones.

Eran agrometeorólogos la mayoría de los habitantes mojados. Habían estudiado el pronóstico del tiempo antes de salir para saber si aquellas fechas podían ser viables para cruzar.

Llevaron petróleo para intentar ahuyentar a los tiburones.

Y aun así, los tiburones rodeaban la balsa.

y Esperaban, como si supieran que, tarde o temprano, el cansancio podía ganar.

Ocho personas.

Ocho historias.

Ocho cuerpos.

Ocho cerebros expulsados de una isla.

Y yo tenía 13 años cuando comprendí, por primera vez, que migrar no era una palabra.

Era un cuerpo.

Era miedo.

Era hambre.

Era cansancio.

Era dejar atrás una vida sin saber si llegarías a otra.

Por eso, cuando me preguntan por qué mi marca está atravesada por la migración, la respuesta rápida parece sencilla:

Porque soy migrante.

Pero no.

Esa no es la raíz.

Muchos me llaman extranjera.

Pero ser extranjera es una condición.

Ser migrante es vivirlo.

Sentirlo.

Padecerlo.

Y cargar con lo que significa incluso cuando ya estás lejos.

La verdadera raíz empezó cuando tenía 13 años y escuché, de boca de alguien que amaba, una de esas historias que yo creía que solamente existían en las películas.

Después vinieron más.

Más de cien historias de amigos, conocidos, vecinos y personas que amo.

Personas que han cruzado el Darién.

Que han atravesado ríos y mares.

Personas que han visto morir a otros en el camino.

Que han sido violentadas, torturadas.

Personas a las que les han matado a sus esposas, a sus hijos.

Personas que han dejado atrás cuerpos para poder seguir caminando.

Personas que han cruzado países enteros persiguiendo algo que debería ser tan sencillo y, sin embargo, a veces parece tan imposible:

poder soñar con otra vida.

Y si todo esto no fuera suficiente, hay una última razón.

Quizás la más íntima de todas.

Mi primer deseo de niña fue irme de Cuba.

Antes de saber qué era migrar, yo ya quería hacerlo.

Antes de conocer las balsas, ya quería conocer otro lugar.

Antes de entender la palabra exilio, ya existía dentro de mí el deseo de partir.

Por eso la migración no llegó a mi marca.

La migración ya estaba en mí.

Está en mi familia.

En mi memoria.

En las historias que escuché.

En las personas que amo.

Y también en aquella niña de 13 años que un día entendió que algunas personas tienen que atravesar un mar entero para intentar llegar a donde puedan volver a sentirse libres.

Quizás por eso diseño como diseño.

Quizás por eso mi trabajo habla de memoria, de ausencia, de pertenencia, de identidad y de todo aquello que dejamos atrás cuando decidimos —o cuando nos obligan— a partir.

Porque antes de ser diseñadora,

yo también fui esa niña que quería irse.

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