Hoy mi madre me desbloqueó un recuerdo que yo no sabía que estaba ahí.
Y ahora que lo pienso, me parece curioso que nunca haya aparecido en terapia. Aunque, pensándolo bien, fui a terapia para trabajar otras cosas. Quizás mi cerebro simplemente había decidido guardar esto en algún lugar al que yo todavía no necesitaba entrar.
Yo estaba en la primaria.
Dos amigas se burlaban de mí.
No recuerdo exactamente qué me decían. No recuerdo las palabras. Pero mi madre sí recuerda lo que pasó después.
Me cuenta que llegué a casa afectada por ese bullying y que ella decidió que íbamos a aplicar una estrategia.
Y la estrategia era aprender.
Aprender a tocar guitarra.
Aprender a tejer.
Aprender a bordar.
Aprender a hacer cosas con las manos.
Aprender, aprender, aprender.
Mi madre hizo un sacrificio enorme para comprarme una guitarra clásica. Y yo empecé a aprender.
Años después, esa misma guitarra terminó vendiéndose para que yo pudiera venir a México, porque no teníamos dinero suficiente para pagar mi viaje.
Y hay algo profundamente simbólico en eso que hoy entiendo de otra manera.
Aquella guitarra que mi madre compró para ayudarme a atravesar una herida terminó, años después, ayudándome a cruzar una frontera.
Pero esta historia empezó realmente hace unos días, cuando le dije a mi madre:
—No sé en qué momento de mi vida me dio vergüenza tocar guitarra, cantar, bailar… ser quien soy.
Porque yo fui una niña muy niña.
Dentro de todo lo que viví, fui una niña feliz.
Y perdí mi inocencia bastante tarde.
Mi madre entonces me dijo:
“Ese fue el momento.”
Ese fue el momento en que empezaste a sentir vergüenza de ti.
Y de pronto entendí algo.
Quizás no me había dado vergüenza cantar.
Ni bailar.
Ni tocar guitarra.
Ni hablar.
Ni ser creativa.
Quizás me había dado vergüenza ocupar espacio.
Me había dado vergüenza que me miraran.
Me había dado vergüenza ser diferente.
Me había dado vergüenza ser yo.
Y qué impresionante es lo que puede hacer una niña con esa sensación.
Empieza a bajar la voz.
A esconder sus talentos.
A pensar dos veces antes de hablar.
A observar cómo son los demás para intentar parecerse a ellos.
A preguntarse si está haciendo demasiado.
Si está hablando demasiado.
Si está siendo demasiado ella.
Y pasan los años.
Hasta que un día te das cuenta de que llevas muchísimo tiempo intentando volver a ser la niña que eras antes de sentir vergüenza.
Hoy puedo cantar delante de otras personas.
Puedo bailar.
Puedo dar un discurso.
Puedo pararme frente a un teléfono y hablar.
Puedo estar frente a una cámara de televisión y decir lo que pienso sin que los nervios me paralicen.
Puedo mostrar mis diseños.
Puedo crear.
Puedo ocupar un espacio.
Y, sobre todo, puedo ser yo sin pedir disculpas por ello.
Y quizás eso es crecer.
No convertirte en otra persona.
Sino recuperar a la persona que eras antes de que alguien te convenciera de que había algo malo en ti.
Por eso quiero decirle algo, especialmente a las mujeres que están leyendo esto:
Si hoy dudas de ti, si te da vergüenza mostrar lo que haces, hablar, crear, cantar, vestirte como quieres, comenzar un proyecto, ocupar un lugar o simplemente ser quien eres…
pregúntate de dónde viene esa vergüenza.
Porque quizás esa voz que hoy te dice “no puedes”, “qué van a pensar”, “no eres suficiente”, ni siquiera es tuya.
Quizás alguna vez alguien te hizo sentir que eras demasiado.
Demasiado sensible.
Demasiado intensa.
Demasiado creativa.
Demasiado ambiciosa.
Demasiado visible.
Y terminaste creyéndolo.
Pero hay una versión de ti que todavía está ahí.
La niña que cantaba.
La que bailaba.
La que quería aprender.
La que no tenía miedo de intentar cosas nuevas.
La que todavía no sabía que el mundo podía hacerla sentir pequeña.
No tienes que convertirte en alguien extraordinario.
Quizás solamente tienes que dejar de esconder a la persona que ya eras.
Y si alguna vez te hicieron sentir vergüenza de ser tú…
que no sea para siempre.
Que llegue un día en el que puedas volver a mirarte y decir:
“Ya no me da vergüenza ser quien soy.”
Y entonces, quizás, entiendas que nunca te faltó seguridad.
Solo estabas aprendiendo a recuperarla.
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